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Intolerancia a la lactosa
Artículo publicado en El Corrego Gallego
15 de Marzo de 2015

La intolerancia alimentaria es un problema de incidencia creciente. De hecho, en la actualidad uno de cada cinco ciudadanos presenta intolerancia de, al menos, un alimento; y aquí la intolerancia a la lactosa se lleva la palma. Un porcentaje elevado de la población se define a sí mismo como intolerante a la lactosa, lo que les lleva a eliminar la leche y los productos lácteos de su dieta diaria. Esto no supondría ningún problema si no fuera porque los lácteos constituyen la principal fuente de calcio de nuestra dieta. Limitar la ingesta de calcio supone incrementar el riesgo de, por ejemplo, osteoporosis y probablemente de enfermedades como la diabetes. Creo por ello que merece la pena utilizar este espacio semanal que me ofrece El Correo Gallego para comentar algunos conceptos importantes sobre este tema.

Como usted sabe, la lactosa es el principal azúcar de la leche. Este azúcar es digerida en el intestino por una enzima denominada lactasa. La actividad de esta enzima es máxima durante los 2-3 primeros años de vida, cuando la leche constituye nuestro principal alimento, y posteriormente va disminuyendo paulatinamente hasta la edad adulta. Es por ello que entre las personas adultas sea normal tener limitada la capacidad de digerir y absorber lactosa. Cuando esta malabsorción de lactosa produce síntomas es cuando hablamos de intolerancia.

La lactosa no digerida es fermentada por las bacterias que constituyen nuestra flora intestinal produciendo gas. Es por este motivo por el que los pacientes con intolerancia a la lactosa se quejan fundamentalmente de gases, hinchazón abdominal, aumento de los ruidos intestinales y, ocasionalmente, dolor y diarrea.

Interesante es, sin embargo, que en realidad menos de la mitad de los sujetos que creen que presentan intolerancia a la lactosa realmente la tienen. De hecho, otras intolerancias o, por ejemplo, el síndrome de intestino irritable producen síntomas similares.

¿Cómo saber entonces si usted, que padece frecuentemente de gases, hinchazón abdominal, a veces diarrea y que, en un intento de reducir esas molestias, ya tomó la decisión hace algún tiempo de evitar la leche y productos lácteos, tiene realmente intolerancia a la lactosa? Debe saber que existen pruebas sencillas para confirmar este diagnóstico. Pregúntele a su médico. Merece la pena. Mantener la restricción de la ingesta de productos lácteos sin que sea necesario no aporta nada más que perjuicios a nuestro organismo.

Es importante además que sepa que ser intolerante a la lactosa no significa tener que eliminar completamente los lácteos de su dieta. De hecho, la mayoría de las personas con intolerancia a la lactosa tienen capacidad de digerir uno o dos vasos de leche si se toman distribuidos en pequeñas porciones a lo largo del día. Por tanto, reducir la ingesta de leche en estos casos es recomendable; evitarla completamente no.

El segundo aspecto importante es que, aunque no tolere la leche, tolerará fácilmente el yogur. Por un lado, una buena cantidad de la lactosa ha sido transformada en el yogur en ácido láctico gracias a la acción de las bacterias que contiene. Por otro, estas mismas bacterias nos ayudarán a digerir la lactasa restante durante su paso por el intestino. Reducir, pero no eliminar completamente el consumo de leche y aumentar el consumo de yogures es una buena forma de mantener la ingesta necesaria de calcio y evitar los problemas que su déficit origina.

Por último, tenga en cuenta que eliminar la lactosa de la dieta frecuentemente no elimina las molestias digestivas. Son muchos los carbohidratos fermentables de difícil digestión que integran nuestra dieta. Pero eso se lo comentaré con más detalle en una próxima ocasión.